Un mal olor persistente que invade los ambientes rápidamente y que genera molestia al respirar; partículas que atacan los ojos y los pulmones o un humo extraño, casi imperceptible, que queda suspendido. La contaminación del aire puede tomar diversas formas. De manera silenciosa, la mala calidad de este elemento vital pone en riesgo la salud de los ciudadanos que están indefectiblemente expuestos a él.

La Organización Mundial de la Salud (OMS) viene siguiendo de cerca la situación, sobre todo en aquellos países en donde avanzó la industrialización o creció la población. Sin embargo, las advertencias son seguidas de cerca por todas las jurisdicciones porque el interés de los gobiernos, de los habitantes y de las organizaciones no gubernamentales en las condiciones medioambientales es cada vez mayor.

La organización supranacional emitió a fines del mes pasado nuevas directrices mundiales sobre la calidad del aire y advirtió que tienen como fin evitar millones de muertes que se dan como consecuencia de la contaminación del aire. Los últimos parámetros estaban vigentes desde 2005.

De acuerdo con el documento emitido, la problemática es una de las “mayores amenazas medioambientales para la salud humana” junto con el cambio climático. La alarma se encendió porque, según los investigadores del organismo, los daños podrían darse por concentraciones más bajas de las que se creía de sustancias que están presentes en el aire. Por ello, dentro de las recomendaciones se incluye la reducción de los niveles de los principales contaminantes.

La publicación estima que cada año se producen siete millones de muertes prematuras por este motivo. Las consecuencias detectadas en la salud, además, son gravísimas: “en los niños, esto podría suponer una reducción del crecimiento y de la función pulmonar, infecciones respiratorias y agravamiento del asma. En los adultos, la cardiopatía isquémica y los accidentes cerebrovasculares son las causas más comunes de muerte prematura atribuible a la contaminación del aire exterior, y también están apareciendo pruebas de otros efectos como diabetes y enfermedades neurodegenerativas”. Subraya que la morbilidad de la contaminación del aire se puede equiparar a los asociados con la mala alimentación y el tabaquismo.

Entre los indicadores mencionados están las partículas en suspensión, el ozono, el dióxido de nitrógeno, el dióxido de azufre y el monóxido de carbono. Destacaron que antes de la pandemia, en 2019, más del 90% de la población mundial vivía en sitios en los que las concentraciones superaban los niveles sugeridos en 2005 y que la situación tendía a agravarse.

En Tucumán, se llevan adelante esfuerzos estatales y privados para tratar de estudiar y combatir el problema. En julio, la zafra de un ingenio se detuvo porque una niña reclamó a las autoridades que quería respirar aire limpio. En septiembre, por ejemplo, se dio a conocer que se estaba trabajando para efectuar un estudio sobre la calidad del aire en la provincia, mediante una iniciativa estatal y con universidades internacionales, mediante sensores que se instalarán en bicicletas. En ese contexto, el secretario de Medio Ambiente, Alfredo Montalván, aseguró: “nuestra preocupación es no solo medir las partículas en el aire, sino también la calidad de monóxido de carbono. Tenemos que trabajar durante varios años para lograr un resultado, que nos permita, según la fuente de emisión, tomar decisiones. Esperamos que este camino recién iniciado sirva, también, para informar a la sociedad y que participe”. Detalló que tanto las emisiones derivadas de la vida cotidiana, como la de gases de los medios de transporte, o de las actividades productivas, tienen que tenerse en cuenta.

La participación ciudadana y las acciones estatales, precisamente, son clave para poder avanzar en mejorar la situación y evitar muertes como consecuencia de la contaminación del aire.